• Camila lleva dos años viviendo en Barcelona. Ha conseguido un trabajo como monitora de niños en el asfixiante verano en el que recibe la visita de su madre, Lola, desde Uruguay. La madre viaja para ayudarla en su mudanza y se encuentra con la ciudad donde vivió con sus padres durante años, como exiliados de la dictadura uruguaya. Lola, pegajosa como el calor, está convencida de que ha ido para llevarse a Camila de vuelta. Pero la distancia ha dejado huellas; su vínculo ha cambiado. La distancia es la que atraviesa a Camila la primera vez que escucha a Lola hablar en catalán con todos alrededor menos con ella. La que siente Lola cuando no logra entender por qué su hija pretende vivir en el país que antes decidió dejar. Tan lejos del suyo. De ella. Tras su primera noche, Lola despierta con fiebre, después de escuchar el secreto de su hija: se quiere quedar. Forzadas a vivir un breve confinamiento, comienzan a acercarse. El tiempo se detiene, y al mismo tiempo, se siente su urgencia. Lola, víctima de la fiebre, el calor y recuerdos, confunde a Camila con su madre, y poco a poco reconecta con su pasado bloqueado. Camila, aunque fascinada y preocupada por el desconocido estado de su madre, vuelve al trabajo por unos días. A sus espaldas, Lola se escabulle del encierro en busca de Elena, su vieja amiga del exilio. Al saberse engañada, y excluida, Camila se pregunta: ¿quién es esta mujer que es mi madre? Finalmente, sin más verdades silenciadas, logran empatizar y reflejarse en sus contradicciones. Por fin una brisa en mitad de una tarde de ese verano abre el escenario del último abrazo, el de la despedida.